Son las 9 de la mañana. Los terapeutas Natalia y Daniel me entregan los dos hongos, el equivalente a 3 gramos. Natalia me informa que esta variedad, proveniente de un cultivo controlado que les garantiza una calidad óptima, es bastante potente y que rara vez han administrado una dosis así en sus terapias. Si tomaron esta decisión, fue con pleno conocimiento de mi situación: les advertí que no era novato en este tipo de experiencias y que siempre me cuesta más que al promedio “conectarme”, como sucede también en mis ceremonias de ayahuasca.

Me aconsejan masticarlos lentamente, principalmente con los incisivos y no con las muelas, para no dejar residuos. Su sabor me recuerda a un queso tipo Roquefort, no desagradable para un paladar francés, aunque sí bastante intenso. Una vez ingeridas las dos piezas, Natalia me ofrece un cuenco de cacao amargo. Más allá del aspecto simbólico, ya que el cacao se utiliza en la tradición prehispánica para iniciar una ceremonia sagrada, esta bebida se sirve sistemáticamente en sus terapias para suavizar la digestión de los hongos, facilitar la subida y evitar posibles náuseas.

Luego me invitan a recostarme y, si lo deseo, a colocarme un antifaz para los ojos con el fin de vivir una experiencia introspectiva profunda. Daniel coloca su silla cerca de la cama y permanecerá a mi lado durante toda la experiencia. Su método consiste en no interferir nunca con lo que estoy viviendo. Su presencia discreta es tranquilizadora, porque sé que estará atento a todo lo que ocurra y disponible en caso de necesidad o de preguntas. Considero esta experiencia individual como una suerte, incluso un lujo. Daniel también se encarga de un elemento primordial: la música. Un altavoz se coloca sobre el mueble junto a la cama y la lista de reproducción comienza. Durante las horas que durará la ceremonia, Daniel actuará como un director de orquesta, cambiando y adaptando la música a mis sensaciones y a mi experiencia. El objetivo es hacerme atravesar distintas fases, con propósitos diferentes.

Pasan algunas decenas de minutos y siento un ligero vaivén, como una bruma suave que empieza a envolver mis sentidos y a volver pesado mi cuerpo. Percibo el trabajo que se produce en mi estómago. Imagino la sustancia propagándose sutilmente por mi cuerpo, como una energía difusa que circula por mi sangre hasta alcanzar mi cerebro, donde el trabajo químico se pone en marcha mediante una reorganización de los circuitos habituales, permitiendo que redes que normalmente se comunican poco comiencen a intercambiar información.

Bajo psilocibina, la sustancia psicoactiva de los hongos mágicos, el cerebro se vuelve menos jerárquico, con una desinhibición, un aumento de la conectividad global y una disminución del filtrado. Esto facilita el acceso a recuerdos enterrados, en particular traumas que pueden emerger, a sensaciones olvidadas, y permite una conexión más intensa entre lo físico, lo mental y lo emocional. En América Latina se habla de medicina, del mismo modo que se define la ayahuasca. En el imaginario colectivo occidental, consumir hongos se considera algo puramente recreativo. Se asocia esta sustancia con el periodo hippie, en el que se estigmatizaba a esos jóvenes en búsqueda de experiencias espirituales. Sin embargo, los estudios científicos sobre los psicodélicos de aquella época demostraron numerosos beneficios terapéuticos antes de que la investigación se detuviera por razones políticas, cuando la administración estadounidense decidió clasificar los psicodélicos como drogas, por miedo a un despertar de las conciencias colectivas.

Los prejuicios son persistentes y, a pesar de la reanudación de estudios científicos en los últimos veinte años, sigue existiendo la idea de que los hongos solo se usan para “volar”, para vivir un momento extático en el que la percepción del entorno se embellece a través de un estado modificado de conciencia. Algunas personas efectivamente los utilizan con ese fin. Y aun así, no hay nada intrínsecamente malo en ello, salvo la ilegalidad, ya que los hongos, al igual que otros psicodélicos, no generan adicción fisiológica ni provocan secuelas físicas negativas, a diferencia de otras drogas, o de las “drogas” legalizadas y aceptadas en nuestra sociedad como el alcohol, el tabaco o el azúcar, tres industrias extremadamente poderosas, por cierto.

Sin embargo, esta búsqueda de placer sensorial no es mi objetivo cuando recurro a una experiencia psicodélica. Para ser honesto, tengo la sensación de que esta medicina ofrecida por la naturaleza debería utilizarse únicamente con fines terapéuticos. Ir a buscar en los confines de nuestro cerebro las razones de las consecuencias de nuestro estado actual, de nuestra manera de ser, de actuar y de pensar. Todos estamos construidos y condicionados a partir de nuestra infancia, por nuestra educación, ya sea familiar o escolar, por nuestro entorno global, por los códigos que debemos adoptar… Y ciertos acontecimientos o hábitos continúan forjando nuestra identidad como adultos. En resumen, somos el fruto de nuestro pasado. Pero nada está fijo. La vida nos ofrece la posibilidad de evolucionar o de cambiar en cualquier momento, si consideramos que una parte de nosotros y de nuestra personalidad, forjada a lo largo de nuestra historia, ya no está en sintonía con quienes deberíamos ser, o con la búsqueda de nuestra paz o de nuestra felicidad.

Los psicodélicos tienen esa capacidad extraordinaria de permitirnos desprendernos de una parte de nosotros, la que nos impide avanzar o sentirnos mejor. La disolución del ego es una de esas características. Pero también lo es la toma de conciencia, a través de visiones, sensaciones, un saber absoluto…

No es mi primera experiencia con psicodélicos, y estoy profundamente vinculado a esta medicina suave, suave en el sentido natural, porque a veces las experiencias pueden ser realmente muy exigentes, ya que va en la dirección del deseo de comprenderse a uno mismo y de mejorar. La espiritualidad es, para mí, una prolongación de la filosofía. La filosofía es una disciplina que permite comprender la vida para aprender a vivir mejor. La espiritualidad es, a mi entender, el paso siguiente, el que permite entrar en lo concreto y experimentar ese deseo de cambio. Y para ello es necesario pasar por una puesta en cuestión, por un cuestionamiento de uno mismo, de su pasado. Aceptar nuestro estado actual, nuestra construcción personal, nuestro pasado, para sanar mejor, para comprender y tratar de convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos, no en la búsqueda del perfeccionismo, sino en la búsqueda de una paz interior, acercándonos al bienestar y, en definitiva, a la felicidad.

El tiempo que transcurre entre la ingestión de un psicodélico, como comer un hongo o beber ayahuasca, y la aparición de los primeros efectos, es para mí una oportunidad para hacerme preguntas, reflexionar sobre mis intenciones y sobre la experiencia que se avecina, a menudo con cierta aprensión ante los efectos que se producirán. Esta mañana no siento ninguna aprensión, porque sé que, a diferencia de otras medicinas como la ayahuasca, los hongos no provocan náuseas, o muy raramente, no hay purga y tampoco malestar físico. Se trata de una medicina suave.

Aquí, en América Latina, a los hongos alucinógenos se les llama niños santos. Porque tienen la particularidad de hacernos trabajar esa parte olvidada de nuestra infancia. Físicamente, los hongos actúan sobre nuestro modo cerebral por defecto, aquel que mantiene nuestra identidad adulta, debilitando su dominancia. De este modo, capas antiguas de nuestra personalidad se vuelven accesibles, como las relacionadas con nuestra infancia y nuestras emociones primarias. A diferencia de otros psicodélicos, como el LSD, que es muy cognitivo y mental, orientado hacia ideas o conceptos, o la DMT, sustancia psicoactiva de la ayahuasca, que es más disociativa y simbólica, la psilocibina es más emocional, afectiva y corporal, y actúa en consecuencia sobre nuestra memoria y nuestras emociones. Por eso la infancia suele emerger durante una ceremonia con hongos.

En el momento en que escribo estas líneas, es decir, al día siguiente de mi experiencia, me resulta difícil recordar en detalle lo que viví. Durante estos momentos en los que el cerebro funciona de manera diferente, la unidad temporal y estructural se ve perturbada. Para un espíritu racional y organizado como el mío, se trata de un gran desfase. La memorización falla en favor de la experiencia pura. A esto se suma esa casi incapacidad de poner palabras justas a experiencias que superan el marco racional y verbal. Esa famosa inefabilidad que se aplica a acontecimientos para los cuales cuesta encontrar palabras. Simplemente porque la experiencia es sensorial, emocional, a veces brumosa e irracional. Aun así, para mí resulta un ejercicio interesante intentar poner términos a mi experiencia, aunque todas las palabras del mundo nunca bastarán para describir con precisión la justeza de lo que ocurrió en mi cuerpo y en mi mente.

El momento en que la medicina comienza su obra sobre mi cuerpo no es la etapa que más disfruto. De naturaleza controladora en mi vida, siempre me cuesta, en esos momentos, abrir la puerta a la medicina y aceptar entregarme a ella y a su trabajo, porque ella trabaja sobre lo que necesito y no sobre lo que deseo. Por eso el soltar, la confianza y la fe son esenciales. Son aspectos que me gusta trabajar a través de mis distintas experiencias psicodélicas, porque son ejes que necesito desarrollar. Mis experiencias pasadas me han ayudado poco a poco a soltar lastre de esa rigidez que forma parte de mi personalidad y que llevo más como una carga que como una fortaleza.

Cuando siento la llegada de los primeros efectos, principalmente a través de sensaciones corporales, realizo ese trabajo mental de aceptar abrir la puerta a la medicina. Tengo la impresión de que esta etapa dura unos diez minutos, como si me costara abrir ese pesado portal del soltar, y luego la medicina se tomara su tiempo para atravesarlo. La imagino entrando como un largo flujo mágico y colorido que se instala en todas las partes de mi cuerpo hasta alcanzar mi mente, donde el trabajo puede por fin comenzar.

Pero antes de cualquier trabajo mental, son las sensaciones físicas las que aparecen como primeros efectos. Impulsado por la música, siento espasmos, especialmente en las piernas, como una descarga del sistema nervioso. Tomo conciencia de que puedo controlar esos movimientos. Con una respiración profunda y un estado casi meditativo, puedo suavizar la recepción de las ondas musicales para que no impacten en mi cuerpo. Luego me doy cuenta de algo: al intentar canalizar esa energía, vuelvo a situarme en el control, en ese deseo de que mi mente lo dirija todo, ignorando la necesidad de mi cuerpo de expresarse. Decido entonces soltar. Dejo que mi cuerpo sienta en profundidad las ondas y la energía que emana la música. Este soltar también concierne al ego. Aceptar parecer ridículo al realizar gestos incomprensibles y espontáneos. Aquí no temo al ridículo, porque estoy en una terapia personalizada con terapeutas que saben que estas experiencias pueden adoptar formas originales. Así que me dejo llevar. Y, finalmente, el simple hecho de pensar en el término “ridículo” demuestra que sigo en el juicio, en mi propio juicio, y que eso no aporta nada, porque revela un anclaje profundo de mi ego, entendido como el deseo de controlar mi imagen. Entonces me abandono al movimiento y comienza una sinfonía de gestos que durará casi cuatro horas.

En ningún momento pierdo la conciencia. Sé exactamente lo que ocurre y lo que hago. Cada gesto es sentido y asumido. A veces se trata de espasmos o temblores, y en otros momentos, de danza. Acostado, bailo, pero no en el sentido habitual. Dejo que mi cuerpo siga la música a su manera, sin coreografía, sin técnica, sin estética, solo gestos que considero necesarios. No sé si se trata de una liberación espontánea de mi energía o de un impulso sin sentido de mover mi cuerpo, pero disfruto dejando que se conecte con la música. Curiosamente, mis movimientos se concentran principalmente en el lado derecho de mi cuerpo, en particular en la pierna. El lado derecho del cuerpo está mayormente conectado con el hemisferio izquierdo, el del lenguaje, el control y la identidad. Al trabajar sobre mi pasado y mi identidad, la medicina estimula fuertemente esa red, lo que explica que las descargas puedan localizarse lateralmente.

Mis dedos también participan de la experiencia. Como antenas receptivas a la música, siento el deseo de moverlos, totalmente desincronizados unos de otros. Cada falange es solicitada y ofrezco a Natalia y Daniel un ballet lúdico de mis diez dedos, a quienes sé presentes y atentos pese a su silencio. Los tranquilizo, con el antifaz puesto, diciéndoles que soy consciente de que lo que hago puede parecer extraño, pero que siento una necesidad y un alivio al dejarme llevar de esta manera. Definiría este momento como una especie de trance consciente, y el hecho de saber que puedo concentrarme y detener estos movimientos corporales en cualquier momento me tranquiliza, abriéndome una salida si siento que pierdo demasiado el control. Pero confío plenamente en el trabajo de la medicina y asumo por completo dejar que mi cuerpo se exprese de ese modo.

Una particularidad se repite en todas mis experiencias con la medicina: nunca he tenido visiones. Es muy común tener visiones durante una experiencia de conciencia modificada, con los ojos abiertos o cerrados. Algunas personas las tienen desde su primera experiencia. En mi caso, alrededor de quince experiencias nunca me han ofrecido ese tipo de efectos. Y al final, a pesar de cierta decepción en mis primeros encuentros con la medicina, hoy no siento ninguna frustración respecto a esta ausencia de visiones, porque comprendí que mi sistema psíquico no procesa la experiencia a través de la imagen. Existe el mito de las visiones poderosas asociadas a lo psicodélico, con imágenes arquetípicas como animales de la selva, escenas espectaculares, recuerdos del pasado… pero ese no es el modo dominante de percepción para todo el mundo. En la vida cotidiana soy una persona muy visual, sensible a la luz, a la estética, muy observadora. Bajo psicodélicos, cuando el control cae, mi sistema no utiliza ese canal como principal, es como si ese sentido se volviera discreto para dejar expresarse a otros modos. Percibo las cosas de otra manera, más bien a través de lo que se llama claro saber, es decir, la sensación de saber sin razonamiento, de percibir evidencias y tener comprensiones. Recibo la información de forma integrativa y no perceptiva. Pero eso no significa que se trate de una integración mental analítica, porque no hay razonamiento, ni análisis, ni búsqueda intelectual, ni deducción. Se trata de una comprensión pre-verbal: el saber llega antes que las palabras. Luego viene la parte introspectiva, muy potente en cada una de mis experiencias, a menudo durante la bajada progresiva de los efectos, especialmente con la ayahuasca. La capacidad introspectiva inducida por un estado modificado de conciencia es poderosa y cargada de sentido. La disolución del ego me permite adoptar una perspectiva diferente, casi evidente y sentida como beneficiosa, como si mi pensamiento y mi análisis fueran más justos.

Cuando siento una fuerte energía corporal mientras mi cuerpo se mueve al ritmo envolvente de la música, pienso en canalizar esa energía para hacer algo más intenso, en controlar esos espasmos y aprovecharla para meditar profundamente, para ir más lejos, para buscar otros beneficios, para “respetar” la potencia que ofrece la medicina y encontrar un sentido más profundo. Me siento en posición de loto, dispuesto a meditar, e intento controlar esa energía. Pero me doy cuenta en ese instante de que es mi perfeccionismo el que me envía esa señal errónea. Siempre estoy buscando una mejor versión de mí mismo, la optimización, ya sea intelectual, espiritual o física, hasta sentir vergüenza o culpa si disfruto sin justificación. Esta estrategia de supervivencia identitaria es propia de mi perfeccionismo. El mismo que me permite estructurarme, evitar la distracción o no perderme, también me hace olvidar disfrutar sin razón. Tomo conciencia de ese olvido, tan presente en mi vida. Finalmente decido abandonar la meditación y dejarme llevar de nuevo por la música. Esta toma de conciencia es uno de los puntos del trabajo de integración que deberé realizar tras la experiencia, para extraer beneficios duraderos.

Lo mismo ocurre con mi relación con el cuerpo y el deporte. Mi práctica de la calistenia se inscribe en un marco estructurado, rígido y controlado, con la ejecución de movimientos precisos, repetitivos y exigentes, guiados por una disciplina firme. Cuido mi cuerpo, pero lo utilizo más como una herramienta que como un compañero. La necesidad que siento en ese momento del trance es dejar que mi cuerpo se exprese de otra manera. Debo repensar mi relación con él y con su expresión, aprender a moverlo de forma libre y no estructurada. Ese es también un aprendizaje que analizaré y desmenuzaré en los días siguientes.

Me sorprende recibir la energía musical de manera distinta según el tipo de música que suena. Daniel elige cuidadosamente las distintas secuencias musicales para ayudarme a trabajar por etapas. Algunos momentos musicales invitan a mis brazos y dedos a seguir un flujo de movimientos dictado por el ritmo que sale del altavoz. A veces los gestos son suaves, otras veces son afilados y precisos. Y cuando el ritmo decae, mi cuerpo se relaja y eso me permite entrar en una nueva introspección. En ocasiones la música es pesada, densa, como para ir a buscar recuerdos enterrados y permitirme trabajar en profundidad. Después de la terapia, Daniel me explicará que difundió música que no se atreve a hacer escuchar a todo el mundo, porque puede provocar estados psíquicos difíciles de atravesar. Conociendo mi experiencia con la medicina y mi capacidad para manejar estos estados de conciencia modificados, en particular porque nunca he tenido episodios de pánico y sé que nada malo me ocurrirá durante una ceremonia, pese a sensaciones corporales, sensoriales o psíquicas que pueden ser muy desagradables, me ofreció momentos musicales bastante intensos. Y, efectivamente, mi inconsciente exploró recuerdos bastante antiguos. A veces me preguntaba si estaba condicionado por saber que la psilocibina me conectaría con mi infancia, o si era de manera natural, por la disminución de las barreras que forjan mi identidad, provocada por la sustancia, que reaparecían ciertos acontecimientos del pasado.

Hasta ese momento, debido a la música bastante rítmica, mi experiencia es muy corporal, con momentos de introspección y de análisis sobre rasgos de mi personalidad que considero pertinente modificar en el futuro. Luego Daniel cambia la música por algo más suave. Y entonces surgen en mi mente fragmentos de imágenes de mi infancia. En particular, imágenes de mi abuela paterna. Una vez más me pregunto si es mi mente la que busca voluntariamente imágenes del pasado o si es la desinhibición la que me ofrece imágenes lejanas. Al final, poco importa. Veo el rostro de mi abuela y tengo la sensación de que está muy presente en mí, muy cerca, hasta sentir que probablemente es mi ángel guardián. La emoción me invade por primera vez durante la experiencia. Lágrimas que simbolizan primero tristeza, luego gratitud y, sobre todo, un amor profundo. Coloco mis manos sobre el corazón y siento su presencia. Analizo lo que ocurre y me cuesta saber si se trata de una conexión, de una presencia o simplemente de un pensamiento muy intenso, pero no importa. En esos momentos no hay azar. Si esa sensación me llega, es por una razón. Siento su presencia en mí y esa sola idea me reconforta y finalmente me hace sonreír.

Daniel fue un director de orquesta notable, guiándome durante estas cuatro horas intensas de viaje musical, que es sin duda una herramienta poderosa y primordial en una ceremonia con psicodélicos. Son las 13:30. Decido quitarme el antifaz. Mi mente está brumosa. Siento que ha llegado el momento de cerrar esta experiencia tan potente, aunque persiste el deseo de ir más lejos. Converso con Daniel y Natalia sobre lo ocurrido. Intento poner orden en mi mente, recordar sensaciones, ideas, emociones, aprendizajes… Es mucha información. Tal vez haya olvidado algunas cosas, pero confío en que, de manera inconsciente, un trabajo se realizará en los próximos días, aunque los beneficios más importantes deberán ser implementados por mí mismo. Porque, como después de cada experiencia con la medicina, soy consciente de que soy el responsable del cambio. La medicina no tiene nada de mágico. Es solo un canal que permite recibir información. La misma información que ya está dentro de nosotros, pero que no nos llega fácilmente, a causa de traumas, de nuestro ego, de nuestra educación, de los códigos de nuestra sociedad, de nuestras experiencias… Depende de nosotros crear luego esa magia a partir de esa información, para acercarnos a nuestra alineación, a nuestra identidad real y a nuestra paz interior, una combinación que nos permite aproximarnos a la felicidad y a una vida plena.

Un profundo agradecimiento a Natalia y Daniel, de Geo Mikelyon, por su profesionalismo y por la medicina que comparten, así como a Julia por su presencia y su apoyo.